«Al vender… ¿cuándo es repetición y cuándo es ser una molestia?»
Así empezaba un email que recibía ayer. Esta pregunta se responde con una palabra… si no fuera porque el email daba un giro:
«Cuando repito llega un pensamiento que me me dice: “te estás pasando.” Y entonces tus cursos se quiebran.»
Podría explicar, con una sola palabra, la diferencia entre ser ladilla e insistir. Pero haciéndolo estaría ignorando que el útimo problema de la persona que me escribió era conocer esa diferencia.
El meollo aquí se encuentra en lo que ahora llaman «síndrome del impostor». El mejor de los eufemismos inventando por huevones desde la llegada de internet.
Eufemismo de qué, te preguntaras, pues eufemismo de «Hay mil cosas que me importan más que la libertad… Caer bien, por ejemplo. O gustar. O evitar el conflicto.»
Y eufemismo de no creerse el valor de lo que ofreces, por ejemplo. O de preferir la certeza de la esclavitud a la libertad con imprevistos.
Si tú también te has autoconvencido de que lo que te pasa es el síndrome del impostor lo último que necesitas que te responda a la pregunta con la que empieza este email y trabajar en autoconvencerte de que eres capaz de sobrevivir solo.
No puedes ni imaginar cómo cambia la cosa el día que lo consigues.
Yo qué sé, esto es lo que hay, no sé qué quieres que te diga.
Si tienes hambre, no me refiero a si pareces hambriento, que es justo lo contrario, digo si tienes hambre, a eso que te dejo abajo le sacarás un provecho enorme. Si no, pues seguramente ni siquiera lo entiendas y por no pasar por el mal trago de reconocer algo así acabes escribiéndome para decirme que no te sirvió para nada: