Esperé un año para esto.

Ayer me corté el cabello.

Después de casi un año.

No porque estuviera intentando el look del náufrago. Ni porque quisiera parecer un guru de instagram.

Es que mi barbero, un octogenario italiano con manos de cirujano y paciencia de santo, se fue a visitar a sus nietos.

Y yo, en lugar de ir con otro, esperé.

Esperé con mi cabeza hecha un experimento genético entre Einstein y Tarzán.

Esperé, a pesar de que la última vez me dejó más corto de lo que quería.

Esperé, aunque me cobra como si en lugar de pelo tuviera oro hilado en la cabeza.

Esperé, porque cuando alguien sabe lo que hace, se lo perdonas todo.

Y ayer, por fin, volví a su silla.

El viejo me miró con cara de decepción.

— ¡Madonna! ¡Un año sin cortarte!

Negó con la cabeza. Suspiró como si le hubiera fallado a su país. Y me arregló el desastre sin decir una palabra más.

Ni disculpas. Ni excusas. Ni descuentos.

Solo hizo su trabajo como debe ser.

Y ahí me di cuenta de algo:

Los clientes pueden estar molestos. Pueden irse diciendo que jamás volverán. Pueden hasta odiarte con toda su alma.

Pero si eres bueno de verdad, no tienen escapatoria.

La gente prefiere tragarse el orgullo antes que arriesgarse con alguien peor.

Así que no te obsesiones con caer bien. No te arrastres. No hagas descuentos. Si te arrodillas lo más probable es que te escupan desde arriba.

Haz las cosas como deben hacerse y hasta el cliente más rencoroso volverá.

Mañana envío una lección

Ganar dinero con los clientes insatisfechos

© Copyright 2024 – Todos los derechos reservados, Estimulante C.A.