Vivimos obsesionados con dos letras.
La primera es la “Y”.
Adivina la segunda…
Mmmm…
Es la “O”.
¿El resultado? “YO”.
La palabra que más has repetido en tu vida.
Yo soy, yo quiero, yo hago, yo tengo…
Una trampa de la que nadie escapa.
Nos han vendido que para ser felices debemos “encontrarnos a nosotros mismos”, como si fuéramos una media perdida en la secadora.
¿Y si el verdadero problema es ese maldito “yo” que tanto veneramos?
El “yo” es limitado.
Es la suma de tus creencias, tus miedos, tus fracasos…
Una película repetida que ya aburre.
“Yo no soy así.”
“Yo no puedo.”
“Yo nunca lo haría.”
Cada vez que dices eso, te encadenas a una versión peorra de ti mismo… y ni te das cuenta.
¿Y si en vez de buscar “quién eres” te preguntas quién puedes llegar a ser?
Los que cambian el mundo no están ocupados defendiendo su “yo”.
Están creando algo más grande: una idea, una visión, una revolución.
El “yo” es solo una excusa imperceptible para no moverte.
Una forma elegante de decir “me aterra cambiar”.
Cuando sueltas ese “yo” y dejas de protegerlo como si fuera tu herencia…
El mundo se abre.
Las oportunidades aparecen.
Y el miedo se convierte en posibilidad.
No se trata de encontrarte.
Se trata de crearte... una y otra vez.
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