Cuando alguien ya no está, la mayoría hace lo mismo: lo destrozan.
– Si murió, le hacen un inventario de defectos.
– Si se fue, reparten culpas para justificarse.
– Si lo alejaste, te convences de que nunca valió la pena.
Eso es un deporte olímpico: la gimnasia de la justificación.
Yo no lo practico.
Prefiero honrar a los que ya no están.
Aunque hayan sido un desastre, siempre hay algo que reconocer: una virtud, una enseñanza, un gesto, incluso una cagada tan grande que ahora me sirve de faro.
Y te digo algo más: reconocer a los que hacen lo contrario también es útil.
Porque cuando tú no estés, puedes estar seguro de que se encargarán de destrozar tu recuerdo.
Realmente, son una plaga.
Pero hasta las plagas tienen su función: te obligan a escribir mejor ahora, para que quede claro quién eras antes de que intenten borrarte.
¿Y qué carajo tiene que ver esto con el copy?
Todo.
El buen copy no trata de mirarse el ombligo, sino de detectar qué hace especial al de enfrente.
De ver hacia afuera y reconocer algo valioso, incluso en medio de la mierda.
Porque si no puedes hacerlo, tampoco vas a conectar con nadie que te lea.
Por eso no escribo pensando en lo bien que suena para mí.
Escribo pensando en lo que va a mover en ti.
Nos leemos adentro.
Y si no, tranquilo: ya habrá alguien que se encargue de hablar mal de ti cuando no estés. Lo hacen gratis, no necesitan newsletter.