Haver… analfaveto

En una oficina hay tres tipos de cuadros o posters que la gente suele poner:

– Un póster de chicas Polar para distraerte mientras finges trabajar. (Bueno… capaz es más la decoración de oficina de taller mecánico).

– Un cuadro que te recomendaron en Pinterets y simules que todo es perfecto.

– O un calendario de vida en semanas grabado a láser en madera maciza.

Yo elegí la tercera.

Sí, es raro.

Sí, es tétrico.

Sí, podría ser un póster EMO… pero es mucho más que eso.

Lo tengo justo encima de la computadora.

Lo miro todos los días.

Me recuerda que ya he consumido el 35% de mi vida si la suerte me acompaña y llego a los 88 años.

Y en otros contextos, un 35% sería alarmante:

35% de IVA → crisis.

35% de interés en un préstamo → tiras el contrato por la ventana.

35% de servicio en un restaurante → rompes platos con la frente.

Pues yo ya gasté ese 35%… y nadie me devuelve nada.

Cada puntito que se rellena es una oportunidad que desaparece mientras miras TikTok, discutes con gente que no importa o pospones decisiones que sí importan.

Y entonces piensas:

Si hubiera tenido este calendario hace años…

Si me lo hubiera tomado en serio…

¿Con quién pasé el tiempo mientras esos puntitos se rellenaban?

¿Valió la pena aquella relación que me robó semanas?

¿Valió la pena posponer decisiones importantes?

Y también… ¿he contribuido a rellenar puntitos en calendarios ajenos?

¿Esos puntitos valieron la pena para los demás… o los hice perder su tiempo?

Por eso tengo ese recordatorio arriba de mi cabeza.

Contar el tiempo me ayuda a que el tiempo cuente.

Me sirve para despertarme y empezar a vivir.

Me sirve para ver claramente que aunque yo no haga nada, el tiempo pasa como un jueputa cabrón.

A mí me sirve, quizá a ti también.

Por eso lo comparto.

Bueno y para todo lo demás…

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