En un tiempo muy, muy lejano, existían dos palabras que significaban lo mismo. La primera palabra era «profesional», la segunda «lucrativo».
Lo que era profesional era lucrativo, lo que era lucrativo era profesional.
Con el paso del tiempo esas palabras empezaron a tener vidas distintas hasta que, un día, esos dos hermanos gemelos dejaron de reconocerse el uno al otro.
Muchos no se dieron cuenta y siguieron pensando que vivían en un mundo en el que lo que aparentaba profesionalidad resultaba lucrativo, y lo que resultaba lucrativo se percibía como profesional.
Los que en el pasado vivieron bajo ese mantra siguieron fingiendo que todo estaba bien, pero el edificio donde vivían, hace años majestuoso, estaba en ruinas. Los nombres de los restaurantes que frecuentaban ya no impresionaban a nadie, ni las urbanizaciones donde dormían, ni las marcas que vestían, ni los carros que manejaban.
Su forma de ver el mundo ya no compraba libertad, ni admiración, ni poder.
Mientras, una nueva tribu se había quedado con todo lo lucrativo sin nada de lo profesional. Los que desde fuera antes los miraban con desdén empezaron a hacerlo con envidia sin entender cómo ni por qué, mucho menos cuándo.
Los profesionales construían e invertían en inmuebles mientras los lucrativos minaban y acumulaban criptomonedas.
La relación con el gerente de la sucursal se sustituyó por una wallet de autocustodia.
El traje formal por un conjunto deportivo.
El powerpoint por saber usar TikTok.
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El excel con tres escenarios a cinco años por montar algo en unas horas y lanzarlo antes del mediodía.
Los Tabacos finos y el whisky por saber escribir de manera persuasiva.
El rascacielos y la oficina por una isla con playas espectaculares.
La amistad interesada por la escalabilidad.
La universidad por una pequeña colección de libros.
La maestría por un curso de cientos de dolares que se compraba por internet.
El apellido noble por el tamaño de tu lista.
Y las reuniones por saber exprimir una máquina llamada computadora.
El teléfono siguió siendo el mismo, aunque curiosamente fue lo único que abandonaron los profesionales.
Y como todos los cuentos de hadas, este también tiene un final feliz, el más feliz y mágico de todos los finales que jamás has leído.
Porque aunque la transición de lo profesional a lo lucrativo era fácil, el ser humano prefiere morir equivocado a vivir libre, por lo que muchos siguieron diciendo que todo estaba bien, despreciando a quienes estaban al otro lado e incluso la mayoría de los que intentaban el cambio abandonaban al poco tiempo, esforzándonse por convencerse de que no servía para su caso.
Así, al mundo con más acceso a la riqueza de la historia se le sumó menos competencia que nunca antes.
Y para unos pocos afortunados que vivieron en el momento adecuado con la mentalidad adecuada, fue imposible no triunfar en la vida.