Roberto Baggio ha sido uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos.
Talento, pase, control, liderazgo.
Era una especie de Oliver Atom a la putanesca.
Una máquina.
Sin embargo, su gloriosa carrera se ve manchada porque en el 94 falló el penalti más decisivo de su carrera.
Si lo metía, Italia ganaba el mundial.
Si lo fallaba, ganaba Brasil.
Pateó y…falló.
“Me sentí morir por dentro”, dijo al acabar el partido.
Se quedó de pie, inmóvil frente a la portería con los brazos en la cintura durante un buen rato.
Como si aquel prodigio hubiera perdido su alma.
Con la mirada perdida.
Era la representación de un sueño frustrado.
Nada ni nadie le consoló durante los siguientes 5 años.
Y de hecho hay una frase que se popularizó en Italia:
«Sócrates murió envenenado, pero Baggio murió de pie».
Mira que hay virtud en empezar bien las cosas.
Pero el culmen siempre es el culmen, el final, el remate.
Siempre.
Para rematar como Dios manda.
Copywriting con dos bien puestas
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