Mira vamos al grano.
“colaboración”
Tú oyes esa palabra y te imaginas trabajando en equipo, cada uno haciendo su parte.
Pero el otro, con cara de santo, entiende otra cosa: “Tú haces el trabajo y yo aparezco al final para la foto”
Luego vienen los peos, las miradas torcidas… y el típico “esto no es lo que habíamos hablado”.
Esto pasa con todo.
Lo que tú entiendes y lo que el otro se imagina pueden ser cosas tan distintas como la noche y el día.
Tú dices “compromiso” y piensas en estar ahí siempre, llueva o truene. Él escucha “compromiso” y lo traduce como “me quedo mientras me convenga”. Así es como nacen las sorpresas, las decepciones y los problemas.
No hablo solo de problemas amorosos.
En negocios, una palabra mal entendida puede significar una venta menos, un cliente arrecho, o, peor aún, una reputación manchada.
Tú dices “servicio al cliente” y el cliente asume que lo atenderás a las 3 de la madrugada. Tú querías decir “te ayudamos en horario laboral.” Y ahí tienes, al cliente arrecho y a ti ya sin ganas de volver a ofrecer el “servicio”.
¿Ves por dónde va la cosa?
(disponible el 1 de diciembre), vamos a arrancar por lo básico: que las palabras, bien definidas, son el primer paso para tener el control. Porque quien no define, acaba haciendo lo que otro cree. Y así… no se llega muy lejos.