Cuando tenía 15 años hablaba como una metralleta.
Si me gustaba un tema, soltaba la versión hardcore.
Lo profundo, lo técnico, lo obsesivo.
Y si el tema no me interesaba, directamente parecía retrasado mental.
No hablaba, no aportaba, no entendía… ni quería entender.
Entre los 15 y los 25 cambié.
Me callé la boca.
Hablaba solo cuando realmente había algo que valiera la pena decir.
Y después llegó la supervivencia.
Y entonces aprendí otra cosa:
Hablar no importa.
Lo que importa es saber qué coño estás diciendo y por qué lo dices.
Y eso lo confirmé hace cuatro semanas en la universidad.
Porque yo llegué con un plan claro y estructurado:
– Obituario del objeto.
– Análisis profundo.
– Mapa de gestos.
– Lógica.
– Argumentación.
– Prototipo.
Todo perfecto.
Todo en el guion.
Pero hubo algo que no estaba en el plan:
Tener que enseñarles a defender sus ideas sin sonar como gente que va improvisando pendejadas a las 2 de la mañana con una botella de ron encima.
Porque socialmente son brillantes.
No tienes ni idea de la elocuencia que pueden tener hablando estupideces:
Fútbol.
Chismes.
Tonterías virales.
La vida, el mundo y el universo vistos desde la estupidez colectiva.
Pero cuando tocaba hablar de algo importante…
Silencio.
Verborrea sin sentido.
Ideas sin estructura.
Parecía que las palabras se les derretían dentro de la cabeza antes de salir por la boca.
Y eso fue cuando entendí algo clave:
No era timidez.
Era falta de estructura mental para pensar antes de hablar.
Es decir:
No estaban preparados para defender una idea… porque nunca se habían tomado la molestia de construir una.
Y ahí está la magia de lo que hemos ido trabajando estas semanas:
El ejercicio no era diseñar un objeto.
Era aprender a:
– Analizarlo.
– Desarmarlo mentalmente.
– Reconocer su lógica.
– Argumentar cada decisión.
– Y poder defenderla sin sudar como si uno estuviera en un interrogatorio policial.
Porque diseñar sin pensar es fácil.
Hablar sin fondo es todavía más fácil.
Pero cuando te piden:
“Demuéstrame que sabes lo que dices…”
Ahí se caen las máscaras.
Este viernes 28 vas a ver lo que ha pasado después de cuatro semanas:
Vas a ver alumnos que al principio decían estupideces con seguridad…
…y ahora están defendiendo su idea como si fueran dueños de ella.
Y te aviso:
Cuando veas lo simple que es el proceso, puede que pienses que soy un estafador por cobrar por algo tan básico.
Pero esto es como aprender a caminar:
Para ti es obvio.
Para el que aún gatea, es revelación.
Si quieres verlo, regístrate aquí:
El viernes te muestro:
El antes.
El después.
Qué hicieron.
Y cómo puedes aplicar lo mismo para hablar, pensar, comunicar, crear o vivir…
Sin sonar como alguien improvisando estupideces en un karaoke.