Voy a decirte algo que probablemente ya viviste, pero nunca lo pusiste en palabras.
Existe una paradoja.
La más cruel.
La más silenciosa.
La que todos cargamos en secreto.
Cuando algo te importa demasiado, lo jodes.
Por miedo.
Por ansiedad.
Por estupidez.
Por ese temblor interno que aparece cuando sientes que tienes algo que perder.
En el amor se nota más.
Esa mujer que quieres de verdad…
Esa que te mueve el piso…
Esa que te hace pensar antes de escribir…
Esa que te importa demasiado…
Con esa es con la que cometes todos los errores.
Te tiembla el pulso.
Piensas de más.
Lees señales donde no hay.
Te congelas.
Presionas.
Te ilusionas demasiado.
O te escondes cuando deberías avanzar.
Y la terminas cagando.
En cambio…
La mujer que está ahí, la que se insinúa, la que te dice que sí sin ningún pero, la que te da todo de forma sencilla…
Con esa no te vuelves loco.
Fluyes.
Todo es fácil.
Pero hay un problema:
Lo fácil no te recompensa.
No sientes victoria.
No sientes conquista.
No sientes que ganaste nada.
Y entonces… no la valoras.
No porque sea mala
sino porque no te tocó el orgullo
no activó el miedo
no desencadenó la guerra interna que tú confundes con “verdadero amor”.
Aquí va la parte fea
Confundimos el amor con el conflicto.
La importancia con la ansiedad.
El deseo con el miedo.
Y perdemos.
Una y otra vez.
Sin aprender nada.
Lo peor es que esta misma paradoja te sabotea en TODO:
En el negocio que quieres montar.
En los proyectos grandes.
En las oportunidades que te importan.
En los deseos que te queman por dentro.
Cuando algo te importa demasiado… te vuelves idiota.
Cuando algo te importa poquito… te vuelves libre.
El truco está en aprender a actuar con libertad incluso dentro de lo que te importa demasiado.
Y eso —aunque nadie te lo quiere decir— se entrena.
Pero ese es otro email y cuando yo lo descubra
Por ahora queda una idea:
No siempre lo difícil es amor.
Y no siempre lo fácil es mediocridad.
A veces simplemente estás confundiendo tu miedo con tu corazón.