Te diré dónde está la salida al laberinto:
Delante de tus ojos.
Siempre ha estado ahí. Oculta, pero no por el monte, sino por tus lagañas. No es que ella no se muestre, es que tus ojos no la ven.
Si algo no te gusta, está justo donde juras que no necesitas mirar.
Si tienes muchas opiniones y pocos resultados, está donde dices que ya has mirado.
Si críticas o te arrechas, ahí mismo. En ese sitio, persona o mensaje que te agita. Pero no la verás hasta que reconozcas que no es odio o molestia, sino miedo a reconocer que llevas tiempo equivocado.
Y si llevas tiempo buscando seguridad, no me necesitas, ya sabes tú dónde está.
Pero solo la verás si haces el acto de generosidad más grande del mundo: aceptar que lo único que impide que estés donde quieres estar eres tú y tu terquedad.
Porque cuando haces eso dejas de teorizar, de opinar y hasta de saber. Y te limitas a observar. A observar y anotar. Y quedarte con lo que provoca respuesta. No lo que supones, no lo que te gusta, ni lo que crees que te gusta, ni lo que te gustaría que te gustara. Lo que provoca respuesta.
Así que a partir de ahora enfréntate a la gente y al mundo, y ya que estás despertando, a la vida, a las relaciones, al sexo, a la familia y a la maldita máquina desde la que lees esto como quien no sabe nada.
Y actúa en consecuencia. Haciendo lo que haría quien no tiene ni idea. Escuchando a quien está aalí a donde quieres llegar, no juzgando y empezando por lo simple.
Hazlo así y cada vez tendrás menos legañas. Y un día, de repente, lo verás claro.
Verás que siempre lo tuviste delante y que solo hacía falta apagar el ego, prestar atención y actuar.
Te juro que no hay más. Simplemente deja de hacer todo lo posible para evitarlo.
Lo que no tienes está en los lugares en los que no te atreves a entrar.