Me preguntan si a las mujeres hay que venderles de distinta manera que a los hombres.
Que si en Inglaterra el mensaje debe ser otro que en Japón, y otro para Venezuela y otro para Dubai.
Que claro, hombres y mujeres, nada que ver. Que Haití y la Argentina, a dónde vamos a parar.
Mayores y jóvenes, Oriente y de Occidente, nada que ver.
Sigue así y en nada estarás enviando un email a quien abrió el anterior y otro a quién no. Una secuencia para casados y otra para solteros.
Y descanso en vacaciones, no sea que molestes. Catires y morenos, empresarios grandes y pequeños.
Fuerza un poco y pronto olvidarás que estás vendiendo a humanos.
Brillante.
Trabajar por mil con la esperanza de mejorar un 0,1% mientras divides por un millón tu autoridad, multiplicas por diez los errores y reduces a la mitad tu margen.
Pero un gran éxito asegurado…
Sentirte ocupado.
Tanto que no te queda tiempo para pensar en ese otro que vende siete veces y trabaja un tercio.
Que no es poca cosa, ojo.
Pero si lo que quieres es vender… me refiero a «vender, vender»…
No a recibir piropos.
No a recibir «lo comento con mi socio y te digo algo.»
No a escuchar «me has gustado mucho, te tendremos en cuenta para el futuro.»
No a «lo miramos a la semana que viene, pero tranquilo, seguro que lo hacemos juntos.»
Nada de eso, digo vender, lo que se dice vender. Que el dueño deje lo que esté haciendo y vaya corriendo a recibirte cuando te ve entrar por la puerta.
Ese es el vender al que me refiero. Y si ese es el vender que quieres, la cosa es bastante más simple:
27 preguntas que todo vendedor debería saber.
Y punto.
Llegar, matar y volver con la presa entre los dientes.
Te lo repito.
27.