Mi rutina va a cambiar lo que queda de año.
Y probablemente los horarios de estos correos también.
Porque voy a hacer algo que jamás imaginé.
Bueno, ni yo ni nadie.
Voy a dar clases en una universidad.
Sí, así está la educación en Venezuela: hasta yo puedo dar clases.
Y antes de que pienses que me iluminó la vocación docente, no.
Esto es trabajo de campo.
Una investigación.
En teoría tendré 120 alumnos.
En la práctica, 120 conejillos de indias.
No me interesa si aprenden.
Eso será asunto suyo.
Yo voy a aprender de ellos…
y después te voy a pasar el chisme por aquí.
Lo gracioso es que hace años dejé la carrera de Arquitectura faltándome un semestre.
Y le agarré gusto a la cara de la gente cuando me preguntaba:
“¿Y te graduaste?”
Y yo decía:
“No. De nada.”
La gente es fascinante.
Algunos ponen cara de condescendencia.
Otros, de desprecio.
Unos pocos descubren lo mismo que yo:
Que el título no sirve ni para limpiarse el culo…
Porque lo hacen de papel muy grueso.
Hace un año ya tengo ese papel.
Y mi respuesta sigue siendo la misma.
Al final, la clave está en esto:
Nunca subas mucho las expectativas. Así, con cualquier pequeño gesto… quedas como un genio.
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