La mayoría de los malos son unos huevones

Siempre pensamos que los malos son monstruos.

Criaturas frías, calculadoras, con mirada psicópata y planes perfectos.

Pero la mayoría de los malos son unos huevones.

No piensan, no dudan, no se cuestionan.

Solo obedecen.

Hay una teoría curiosa llamada “el test del carrito del supermercado”.

Dice que si después de usarlo lo devuelves a su sitio, eres una buena persona.

Y si lo dejas atravesado en el pasillo, no pasa nada…

pero muestra exactamente cuánto autocontrol tienes.

No hay castigo ni recompensa.

Solo tú y tu capacidad de hacer lo correcto sin que te lo pidan.

Y eso define más a una persona que cualquier mandamiento.

Porque los malos de verdad no son los que disfrutan el mal, sino los que no se detienen a pensar.

Los que dejan el carrito atravesado en la vida, esperando que otro lo arregle.

Recuerdo que cuando estaba en segundo grado

nos mandaban de tarea copiar el texto del libro en el cuaderno.

A mí eso me parecía una pérdida de tiempo.

Si ya estaba en el libro, ¿para qué escribirlo otra vez?

Así que no lo hacía.

Cuando mi mamá llegaba del trabajo y veía que no había hecho la tarea, se armaba el peo del siglo.

Mi abuela —que no había estudiado mucho, pero tenía la cabeza bien puesta— decía:

“El niño tiene razón. Si ya está escrito en el libro, ¿para qué lo va a copiar?”

Esa confirmación fue gasolina para mi ego de seis años.

Al día siguiente lo conté en clase.

Con argumentos, con seguridad, con convicción.

Resultado: la maestra mandó el doble de tarea.

Y toda la sección me odiaba.

Desde entonces supe que cuestionar lo absurdo tiene un precio.

Y que la mayoría prefiere copiar el libro antes que pensar por sí misma.

Los peores crímenes de la historia —y las peores decisiones cotidianas— no los cometen demonios con cuernos, sino personas obedientes.

Personas que necesitan que una autoridad

—un jefe, un político, un cura, una madre o un influencer que hace reels con voz grave— les diga qué está bien y qué está mal.

La maldad no empieza con la intención.

Empieza con la flojera de pensar.

Por eso el antídoto no es el amor ni la fe.

Es el cuestionamiento.

Pensar aunque joda.

Dudar aunque moleste.

Y si de paso terminas haciendo que la maestra mandé el doble de tarea, bueno… al menos te ganaste el respeto de tu abuela.

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