Lo primero que hice como profesor fue mentir.

Hace una semana comencé a dar clases en la universidad.

Taller de Diseño Industrial III.

O como me gusta llamarlo: el punto exacto donde los estudiantes descubren si realmente quieren diseñar o solo querían impresionar en Pinterest.

Llegué temprano al aula.

Había unos diez alumnos ya sentados.

Caras nuevas, miradas jóvenes, esa mezcla entre curiosidad y miedo que uno tiene cuando todavía cree que “diseñar” es poner cosas bonitas en un render.

Así que decidí hacer algo:

me senté entre ellos.

Sin laptop, sin pose, sin el aura de autoridad.

Solo uno más.

Pasaron unos diez minutos. El aula se fue llenando.

Veintinueve en total, según la lista que pasé después.

Cuando el murmullo se calmó, lancé la bomba, todavía sentado:

“¿Qué idea tienen de lo que van a hacer en este taller?

¿Qué han escuchado de otros grupos o profesores?”

Silencio.

Un silencio muy incómodo.

Nadie movía un músculo.

Entonces me levanté, caminé hasta el pizarrón y escribí mi nombre.

Y en ese segundo, 29 caras me miraron como si acabaran de ver al impostor desenmascarado.

Yo era el profesor.

Solo dos se atrevieron a responder mi pregunta.

Y con esas dos respuestas, empezó todo.

Les expliqué que este taller no es un lugar para “soñar con el diseño”, sino para enfrentarse a él.

Aquí no vamos a fabricar metáforas o maquetas abstractas salidas de la nada.

Eso está bien para los primeros semestres, donde el diseño todavía se enseña como si fuera poesía visual para subir a Instagram y decir que seremos los proximos Dieter Rams.

Pero no.

Este semestre vamos a crear un producto funcional.

Un objeto real que pueda existir, usarse, romperse, repararse y mejorar.

Un objeto que sirva.

Porque la utilidad —esa palabra que muchos diseñadores temen— es lo que separa el arte de la ingeniería y la ocurrencia del propósito.

Les conté también que el primer documento que entregué a control de estudios casi me cuesta el trabajo.

Les pareció un delirio.

Un manifiesto incendiario.

Y probablemente lo era.

Así que tuve que “darle forma institucional”.

Lo reescribí con títulos, numerales y porcentajes.

Le puse corbata al caos.

Pero el fondo sigue intacto:

El estudiante aprenderá a pensar antes de diseñar

A escribir antes de renderizar

Y a romper sus propias ideas antes de defenderlas como dogmas.

La clase terminó con algo que no esperaba:

Hoy, una semana después, me doy cuenta de algo.

Volví a sentir lo que sentía cuando tenía veinte años y empezaba arquitectura:

Solo que ahora me gusta más.

Porque aquí no hacemos maquetas de imposibles.

Hacemos cosas que podrían existir.

Cosas que podrían cambiar la forma en que se usa una mano, una silla o una herramienta.

Cosas que funcionan.

Y eso, para mí, es infinitamente más poético que cualquier edificio que no se puede construir.

Si quieres leer el plan de evaluación que les entregué descárgalo y úsalo como ejemplo de que se puede ser institucional sin ser sumiso.

Que se puede enseñar sin adiestrar.

Y que pensar con palabras sigue siendo la única forma honesta de diseñar.

Descargar el plan de evaluación y metodología del Taller de Diseño Industrial III

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