Una vez dejé que alguien entrara a mi vida.
No a saludar.
A entrar de verdad.
Le mostré mis sitios favoritos.
Le abrí mi casa.
Le conté mis cosas.
Probó de mi plato.
Bebió de mi vaso.
Y desde entonces, todo cambió.
Porque cuando alguien mete la boca en tu bebida,
ya no sabe igual.
Aunque el sabor sea el mismo,
hay algo que se mezcla.
Y no siempre es bueno.
Hay recuerdos bonitos que te quitan el hambre.
Y otros que simplemente te dan asco.
Desde entonces aprendí a poner límites.
Puedes entrar.
Pero no escupas lo mío.
No lo hagas tuyo.
No marques territorio como si yo no existiera.
Este lunes hay un Live.
A las 18:00.
Vendrán dos vendedores que conoces por redes sociales.
Gente que sabe, que aporta.
Pero esta vez no vienen a lucirse,
ni a grabar,
ni a hacer post.
Aquí comparten, sí.
Pero se adaptan a mis reglas.
Nada de cámaras.
Nada de “yo estuve ahí”.
Nada de disfrazarse con filtros.
Si quieres entrar, también tú tendrás que adaptarte.
Pero saldrás con algo valioso.
Que no se sube a ningún lado.
Solo entra quien se apunta.
TE APUNTAS AQUI…
Y que no se te ocurra meterle la boca a mi bebida.