Aquí una frase.
Y tú la estás leyendo.
Lo sé, la estás leyendo. Eso es lo que quería decir.
¿Por qué? No lo sé. No sé por qué lo sé ni por qué lo estás haciendo, pero ahí sigues.
Aquí va otra frase.
Y otra.
Otra más.
¿Te das cuenta?
Como durante un breve instante de tiempo te poseo.
Podría estar hablando o recitando. O podría comunicarme en morse, con suaves pulsaciones en tu antebrazo.
Tu pelo se erizaría.
Te pondrías calentona.
Pero he elegido escribir. Mucho más íntimo, no me digas que no. Tener tu atención íntegra durante un par de minutos.
Lo has notado, ¿verdad?
Me refiero a cómo ha cambiado tu actitud cuando me he referido a ti en femenino.
«¡Wow!, me habla a mí» o «¡Ah!, qué perro, es para ellas.»
Y como estás sonriendo ahora.
Y ahora.
Es difícil lograr eso con el morse.
Si estuviera hablando te haría reír, sonrojarte y temblar. En ese orden.
Y si estuviéramos a solas podría llegar mucho más lejos.
Mi respiración en tu oído, los dedos de mi mano atrapados entre los pelos de tu nuca…
Y un leve tirón. Con decisión, con precisión.
Ahora bien…
Escribir, leer.
Escribir y leer es otra cosa.
Puedo tenerte ahí, leyendo 216 palabras sin ningún propósito y mantenerte con el culo pegado a tu silla.
Y eso es lo más importante.
Lo más.
Importante.
Porque escribir, me refiero a saber escribir, es lo único que puede mejorarlo todo en tu vida.
Todo.
Los tiempos, el margen, el número de oportunidades.
Hablamos de negocios, no te confundas. Siempre hablamos de negocios.
El contacto, el amor, el sexo.
Todo.
El lunes regalaré una clase a todos los miembros del la newsletter. Tienes hasta el domingo a las 23:59 para suscribirte, luego ya será imposible que te la dé gratis…
Anuncios imposibles de ignorar.