Hay una frase de mierda que le ha quitado el sueño a casi todo el mundo.
Tres de la mañana. Mirando al techo.
Después de que una tipa (o un tipo) te mareara durante meses, te pusiera excusas o te dejara tirado:
“¿Y si el problema soy yo y con otro no pone peros?”
“¿Y si con otro sí es cariñosa, sí da la cara y sí cumple lo que a mí me prometió?”
Te soy sincero. Yo me lo he preguntado.
Me he visto a mí mismo en la cama, imaginándome como un imbécil completo, creyendo que «ganaba» esa partida ridícula.
Cosas del ego.
A los cinco minutos se me pasa. Me doy cuenta de lo estúpido que me veo, me levanto, me pongo a trabajar.
La realidad es más simple:
El que es un mareador, un cobarde o un tipo de gelatina, lo es contigo, con el vecino y con el que se atraviese.
Si mañana se va con otro, la fachada le dura tres semanas. A la cuarta vuelven los mismos bloqueos, las mismas excusas y el mismo cuento de siempre.
La gente no cambia de personalidad por cambiar de pareja. Arrastra sus taras a todas partes.
En los negocios es igual.
Un cliente te marea tres semanas, pide cuatro reuniones para no decidir nada y pide descuentos absurdos.
Y tú, en lugar de mandarlo a la mierda, te quedas temblando en el escritorio:
“¿Y si no me compra a mí pero con mi competencia sí? A lo mejor debería bajar el precio y rogar un poco…”
Hay que ser huevón.
Ese cliente va a ser un dolor de cabeza para ti y para cualquiera.
Si le compra a tu competencia no has perdido una venta. Le has colocado una bomba de tiempo en la tienda de tu competencia.
Tu trabajo no es curar las neurosis de nadie ni rogarle a gente de gelatina.
Tu trabajo es proyectar un nivel de autoridad tan salvaje que los mareadores ni se acerquen y los que tienen claridad se acerquen sin rechistar.
De eso trata exactamente la lección de este viernes.
Te enseñaré a estructurar tu presentación para filtrar indeseables a los tres segundos de leerte. La bio de los que no son de gelatina.
Publico el viernes.
Reciben únicamente quienes lean eso de abajo antes del jueves a las 23:59:
P.D. A veces sirve hacer el ejercicio mental de imaginar que por fin lo lograste. Inflas el ego diez segundos. Pero abres los ojos, ves que nada cambió, te recuerdas que fuiste tú el que fracasó en ese intento estúpido y te pones a trabajar de verdad. Si prefieres las victorias de mentira en tu cabeza antes que los resultados reales en tu cuenta, ni te molestes en dar al enlace.